Enfermedades mentales en Chile: lo que la sociedad me prohíbe sentir y esconde bajo la alfombra

Tememos hasta pronunciar sus nombres en voz alta. Cuando nos hablan de ellas nos sentimos ofendidos, atacados. La mayoría no reconocemos que existen en nuestras vidas. Pero son una realidad latente que, muchas veces, escondemos como forma de sobrevivencia. Eso de lo que nadie habla pero muchos padecen y que en esta sociedad exitista y “emocionalmente analfabeta”, es considerado el peor de los karmas.

“Si puede suceder en Chile, puede suceder en cualquier lugar”, escribía John Authers, columnista de Bloomberg Opinion a solo días de que el país aparentemente más democrático y estable de la región, entrara en crisis política e institucional tras el estallido social del 18 de octubre de 2019, encendiendo las alarmas en todo el mundo.

Siempre desde una mirada económica, el periodista británico miraba con preocupación lo que estaba ocurriendo en la sociedad chilena, debido a que “la versión de mercado libre cuidadosamente pensada de Chile” parecía no estar funcionando. “Es muy preocupante para el resto del planeta, porque hemos pasado un par de generaciones asumiendo que ese era el camino a seguir”, señalaba Authers.

Para Didier Billion, director adjunto del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS), la revuelta en Chile, sumada a otras manifestaciones que siguen desarrollándose en otros países de la región, como por ejemplo, Colombia, viene a cerrar una década iniciada con el proceso revolucionario en Túnez de 2011, conocido también como “Revolución de la Dignidad” y que derivó en elecciones libres para una Asamblea Constituyente en octubre de 2011 y que se concretó en una nueva Constitución, convirtiendo a Túnez en la primera democracia secular del mundo árabe.

A diferencia de Túnez, los estallidos sociales en algunos países de América Latina no han concluido y aunque algunos piensen que la pandemia del coronavirus vino a cortar el proceso de transformación social, lo cierto es que la crisis sanitaria vino solo a confirmar y a dejar en evidencia las desigualdades y carencias de un modelo económico que la ciudadanía exigía reformar o derechamente abolir.

A la crisis económica, social y sanitaria que derivaron del coronavirus, hay otra que está emergiendo silenciosamente: la deteriorada salud mental que padece una parte importante de la ciudadanía.

“Más justicia social, menos fluoxetina”, se podía leer entre los miles de rayados durante el estallido social chileno.

Seis palabras que representan el sentir de una gran mayoría de la sociedad y que el confinamiento prolongado producto de la pandemia y el duelo que han tenido que vivir miles de familias que han visto partir a seres queridos producto del Covid-19, obligaron a muchos a enfrentarse a emociones que parecieran estar “prohibidas” o que no son “permitidas” por el modelo socioeconómico imperante.

Pareciera que esta sociedad de consumo, exitista e individualista solo aboga por la felicidad y emociones “positivas”, dejando de lado otras tan válidas y necesarias como la pena, la frustración, el enojo e incluso la desesperanza, las que se han ido ocultando y acumulando al punto de afectar la salud mental de los ciudadanos.

Por generaciones, los problemas de salud mental han sido un tema tabú. Algo de lo que es mejor no hablar, esconder bajo la alfombra o simplemente callar, debido a que erróneamente es mirado como signo de “debilidad” o un gasto que el sistema no puede darse el lujo de considerar como prioridad. Por eso muchos prefieren no pedir ayuda psicológica ya que una licencia psiquiátrica es sinónimo de poner en riesgo la fuente laboral o ser visto como “un cacho”. Y quienes sí quieren hacerse cargo y miran el problema de frente, chocan con la realidad que tienen que financiarlo de su bolsillo, ya que para el Estado la salud mental no es una prioridad.

Mientras la OCDE pide a sus países miembros invertir al menos el 5% del PIB en salud mental, en la región se gasta cerca del 3%, lo que en la práctica se traduce en que si no se tiene el dinero necesario, la persona recibirá solo un puñado de sesiones psicológicas, lo que con suerte alcanza para realizar un diagnóstico inicial, o en el “mejor” de los casos, una pastilla que permita integrarse lo antes posible al sistema.

Respecto al temor de perder el trabajo, bien lo sabe Patricia, quien a los 15 años fue diagnosticada con trastorno bipolar, además de ser asperguer, y por años ha debido luchar contra la estigmatización y los prejuicios.

“Muchas veces me han tratado de loca y he tenido jefes que dicen que no soy capaz o profesional; pese a que me destaco en mi área y he recibido bastantes premios en mi carrera”, señala.

Patricia cuenta que en un trabajo le hicieron un examen psicológico cuando le tocaba firmar el contrato definitivo, pero terminaron despidiéndola. “Decía que no era apta para trabajar porque era muy depresiva, pero no me lo dijeron así, me dieron otra excusa y me enteré después por un amigo que trabajaba en personal de la empresa que había sido esa la verdadera  razón”.

Ella expone que muchas veces los rechazados no conocen  la verdad tras su negativa de contratación pero que los exámenes psicológicos de las empresas reclutadoras evidencias estos trastornos y los advierten; y algunos  empleadores prefieren no contratar a personas con ese perfil, pese a sus competencias . “Por razones como esa te dejan fuera y nunca lo sabes. La ansiedad, la depresión endógena, una bipolaridad bien tratada, un TOC, si eres asperguer… como que asusta todo eso”.

Un aspecto no menor es el trato que reciben de sus propios colegas y ese rechazo a lo diferente.

“He sufrido bullying laboral por mi personalidad, porque además tengo asperger y la verdad creo que la gente es cruel con los que somos diferentes”, señala.

Por eso no es raro que muchos oculten ese aspecto de su vida, para sobrevivir. “Los empleadores tienen miedo de las diferencias, por eso he aprendido a disimularlas y ocultarlas, al menos de entrada. Como forma de sobrevivir”, revela.

Durante el confinamiento por la pandemia, Patricia reconoce que, como muchos, ha tenido dificultades para dormir. “Tuve que tomar medicamentos para dormir porque pasé meses durmiendo solo dos o tres horas”

“A veces me dan ataques de pena por la gente que muere, por eso me refugio en cosas prácticas, porque las que no lo son duelen”, dice.

Una experiencia similar a la de Camila, de 35 años y que hace cinco fue diagnosticada con Trastorno Depresivo Recurrente y Trastorno Límite de Personalidad.

Aunque dice que ha aprendido que es “parte de mi vida”, la pandemia ha dificultado el acceso a profesionales y hasta de su círculo cercano.

“Han habido días donde no me puedo levantar; asisto a reuniones desde mi living, tratando de que no se note que vengo recién saliendo de la cama. El teletrabajo tampoco ayuda”, dice.

“Me siento invadida en mi propia casa”, afirma, compartiendo el sentimiento de muchos que han visto cómo el teletrabajo se ha apropiado de su hogar y vida  familiar.

De hecho, recuerda un episodio que vivió hace un par de semanas producto de la excesiva carga laboral.

“Lloré más de una vez antes de comenzar la jornada, pensando todo el tiempo que se notaría mi malestar en cámara. Me levantaba y me acostaba sufriendo por lo que no puedo cambiar, perdí muchas veces la esperanza porque no tenemos forma de saber cuándo terminará esto”, recuerda.

Camila agrega que “hubo días donde apenas comía y dormía demasiado o no conciliaba el sueño. El encierro, las muertes, los enfermos, la soledad: todos los legados de una pandemia que no esperaba han dejado una huella en mí”.

“Nos costó tanto encontrarnos, no nos soltemos”

Que el estallido social se haya producido en Chile no es mera casualidad y los estragos dejados por el coronavirus vino a confirmar aquello. Una medición realizada en 30 países reveló que Chile es el segundo país del mundo que más ha empeorado su salud mental durante la pandemia.

Pareciera que los ciudadanos chilenos estaban más conscientes sobre sus problemas de salud mental y la frase que decía “Más justicia social, menos fluoxetina”, solo vino a dar una señal de alerta de lo que vendría con la pandemia.

Más allá de las imágenes del Metro incendiándose y de las estatuas siendo derribadas en diversas partes del país, lo ocurrido en Chile generaba particular preocupación debido a que el país latinoamericano había sido en los años ‘70 el “laboratorio” en el que Milton Friedman implementó las medidas del modelo neoliberal que por más de 30 años ha guiado los destinos de la economía y la sociedad en el mundo entero. Mismo modelo que hoy pareciera estar bajo cuestionamiento.

Durante la revuelta de octubre del 2019 proliferaron los cabildos ciudadanos, donde personas de todas las edades, credos y oficios se reunieron para pensarse y reconocerse. Una necesidad vital de conectarse y reflexionar sobre el momento actual y el futuro del país. Es como si sin saberlo de forma consciente, los ciudadanos necesitaban restablecer esos lazos que por años un sistema individualista y con nula empatía se encargó de debilitar y afectar al punto de perder el sentido de pertenencia.

Una necesidad que ya advertía hace algunos años la Universidad de Harvard: la salud mental va en directa relación con la calidad de los vínculos y relaciones sociales.

Sin embargo, el problema de la salud mental y el manejo de estas emociones “prohibidas” son más profundos y está en directa relación con el sistema socioeconómico que ha estructurado prácticamente todos los aspectos de la sociedad civil durante las últimas décadas, partiendo por el sistema educativo.

No es coincidencia que las manifestaciones sociales en Chile de las últimas dos décadas hayan sido impulsadas por las y los estudiantes, desde el mochilazo de 2001 hasta la revuelta de 2019, protestas que desencadenaron un cuestionamiento generalizado a la estructura política y económica del país.

Ciudadanía analfabeta emocionalmente

Desde una corriente más cognitiva, que entiende que todo ejercicio emocional tiene también un lado racional, para Cristhian Almonacid, Doctor en Filosofía y director del Magíster en Ética y Formación Ciudadana de la Universidad Católica del Maule, las emociones son perfectamente educables. El problema, según explica, es que el sistema educativo nunca se ha hecho cargo de este aspecto.

“El sistema educativo, ya sea enseñanza básica, media o superior, se ha afirmado en dos principales líneas de formación: en el saber y en el hacer, pero jamás en el saber sentir. ¿Por qué no podemos darnos cuenta de cómo la estructura me está afectando y poder cambiar el punto de vista de mis razones que justifican mis emociones para también canalizar esas emociones de manera diferente? Porque como nunca hemos aprendido sobre nuestro sistema emotivo, del sentir, somos analfabetos emocionales”, dice Almonacid.

Por el contrario, el sistema ha formado ciudadanos que solo conocen y entienden un limitado número de emociones, que están asociadas al éxito o la felicidad individual – en muchos casos – inmediata, a través del consumo y al acceso a bienes materiales, anulando otras formas de expresión y aprendizaje que nos pueden entregar las herramientas que nos permitan comprender y manejar las emociones y sentimientos como la angustia, la rabia o la tristeza, las que han prevalecido durante la pandemia.

Al no saber qué hacer cuando emergen emociones como la ansiedad o la tristeza, intentamos anularlas o anestesiarlas con lo que tenemos a la mano y conocemos: consumo desmedido, ya sea de bienes materiales, atracones de comida, drogas legales o ilegales o “atracones” de horas de series, que nos permitan evadir o adormecer esas emociones negativas o prohibidas.

Almonacid señala que “hemos construido una sociedad en la que solo están permitidas aquellas expresiones emotivas asociadas al éxito, al éxito personal, a la felicidad, el acceso a los bienes materiales. Entonces, como la política es el arte del afectar, se entiende que, en la medida que la ciudadanía se comprometa con ese tipo de emocionalidad “positiva”, tú tienes una reactividad para aceitar la máquina y esto pueda seguir funcionando”.

Es lo que la ciudadanía ha podido ver y sentir con cada anuncio o medida de gobiernos carentes de empatía. Primero fue la represión vivida en Ecuador a principios de octubre de 2019. Luego fue la revuelta en Chile y ahora es la violencia con que la policía ha actuado en contra de los manifestantes en Colombia.

Desconectados, una vez más, con la realidad y vivencia de una gran mayoría de ciudadanos, que se sienten abandonados y maltratados (física o emocionalmente) por quienes deberían cuidarlos en momentos de crisis.

“La filósofa estadounidense Martha Nussbaum en su libro ‘Justicia Poética’, dice que la racionalidad no es solo expresión de lógica, sino que también de emocionalidad. Conecta la racionalidad con la literatura, porque la literatura es ese mundo imaginado que podemos empezar a entrenar nuestras emociones, nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro. Todo el arte, el cine, el teatro, te habilita, te ejercita en el proceso de ponerte en el lugar del otro y que es fundamental para las estructuras sociales”, agrega el académico de la UCM.

Según Almonacid, el estallido social de octubre, el que no ha desaparecido durante la pandemia, vino a dinamitar y modificar desde adentro esa estructura social y política que se ha constituido durante décadas, ese sistema que ha coartado ciertas emociones o ha querido esconderlas bajo la alfombra para que no se vean.

“Cuando tú modificas esa estructura emocional, en este caso gracias al estallido social, es lo que transforma finalmente el nuevo escenario social y político que se ha constituido. Es como un choque de cometas, porque por un lado viene la estructura social y política, pero por otro está esa vida que se quiere ordenar, que va decantando y van apareciendo nuevas manifestaciones”, señala.

Es por esto que hoy Chile está en pleno proceso constitucional, el cual tiene como objetivo escribir la primera Constitución paritaria a nivel mundial y la primera de la era post pandemia.

“Las emociones y toda la vida afectiva son parte preponderante de nuestra vida política. El hecho que estemos en un proceso constitucional está motivado por la afectación que vivimos en el estallido social y por la voluntad ciudadana ¿Por qué? Porque la política es el arte de afectar. La afectación compartida, la unidad que se creó entre los ciudadanos para generar estos cambios, son los que nos han llevado a la actual situación de estar en un proceso constitucional”.

En 2019, mucho antes de que se vislumbrara la pandemia del coronavirus y a meses de la revuelta de octubre en Ecuador y Chile, donde la ciudadanía demandaba justicia social, la Organización Mundial de la Salud apoyaba ese sentir y advertía que la desigualdad y la inseguridad laboral no solo son perjudiciales para la salud mental, sino que también la suscitan.

Fotos: Shutterstock/Wikipedia

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