La indiferencia ante la muerte y las secuelas después del Covid: Lo que no muestran las cifras del Minsal

La estrategia de mitigación adoptada por el Ministerio de Salud, basada en una lógica de contagio progresivo, en una sociedad tan desigual como la chilena significa que morirán las personas de menos ingresos que no pueden acceder a una salud oportuna y de calidad. En los informes diarios tampoco se habla de las secuelas de los “recuperados”, muchos de los cuales deben aprender a caminar, hablar y a respirar luego de estar en una cama UCI.

Por: Felipe Avendaño

“A la una y media de la mañana sonó el teléfono. Era del hospital. Se te paraliza todo porque una llamada a esa hora no es para decirte que tu hermano despertó. El médico de turno me dice que mi hermano había fallecido. Tuvo un paro cardiorrespiratorio y pese a que hicieron todas las maniobras no reaccionó. Quedas helado en ese momento. Es como un mazazo que te dan. No sabes qué hacer, no sabes qué hablar, no sabes si gritar, no sabes qué decirle a tu esposa que está al lado. No sabes. Quedas paralizado”.

Así relata Fernando Ramírez la noche en la que desde el hospital de Talca le avisaron que Ramón, su único hermano, había fallecido producto de las complicaciones del Covid.

El Moncho tenía 53 años. Estaba separado hace un tiempo tras 15 años de matrimonio y por fin se estaba estabilizando. En enero de 2020, meses antes de contagiarse de Covid, estaba rehaciendo su vida.

“Estaba en un momento muy pleno para él. Tenía una relación muy buena
con sus hijos. En términos laborales estaba tranquilo”, cuenta Fernando sobre la última etapa de su hermano Moncho antes de caer hospitalizado.

“La última vez que lo vi estaba sentado en una camilla, con una cara como cuando dejas a un niño por primera vez en el colegio, como indefenso, esa mirada es difícil de olvidar, porque no tuviste tiempo de despedirte. Solo le hice señas con las manos y que iba a estar todo bien. Nunca pensé que ese momento era la despedida”, recuerda.

Moncho es uno de los miles de fallecidos que hasta la fecha ha dejado la pandemia del Covid-19. Miles de mundos que dejaron de existir, miles de familias que en algún punto se fracturaron al perder a uno, o en algunos casos, varios de sus seres queridos.

Drama que no se dimensiona en las cifras de fallecidos que diariamente informa el Ministerio de Salud, las cuales se muestran como un “logro” cuando son menos que las del día anterior, dando la sensación de que se está superando la pandemia, reduciendo a los compatriotas muertos a una estadística.

“Esa mal llamada “nueva normalidad” me produce varias cosas. Cuando no ponemos rostro a las cifras uno no lo entiende, no le toma el peso a lo que significa. Cuando tú humanizas las cifras, le vas dando sentido y vas adquiriendo cierta responsabilidad de lo que está pasando y te percatas de que también te puede pasar a ti”, dice Fernando sobre esta falsa sensación de seguridad que ha intentado transmitir el gobierno, haciendo creer que con la vacuna el peligro pasó.

Estrategia de mitigación y la normalización de la muerte

Desde el inicio de la pandemia el gobierno adoptó la estrategia de mitigación, en vez de la de eliminación del virus, dando señales de que se estaba priorizando la economía por sobre la vida humana.

“No podemos seguir parando la economía y por lo tanto tenemos que tomar riesgos, y esos riesgos significan que va a morir gente”, decía a comienzos de abril del año pasado José Manuel Silva, director de Inversiones de LarrainVial Asset Management.

Sin embargo, la evidencia ha demostrado que la estrategia de eliminación o “Covid Cero” que tomaron algunos países, previo a la aparición de la variante Delta, fue más eficaz a la hora de proteger a las personas y la economía.

Un análisis del Institut économique Molinari comparó a los países del G10 con tres de la OCDE que implementaron la estrategia de eliminación: Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur. Transcurrido un año, las muertes por millón de habitantes fueron 42 veces más altas en Francia, es decir, 86.000 muertes evitables para el 20 de marzo de 2021.

Respecto a lo económico, el PIB de Francia se redujo cinco veces más en comparación a las naciones que adoptaron el Covid Cero, lo que se traduce en una pérdida de ingresos de 2.200 euros por ciudadano francés.

En Chile se adoptó la estrategia de mitigación y que la población se fuera contagiando paulatinamente y así lograr la “inmunidad de rebaño”. Sin embargo, en una sociedad tan desigual y segregada como la chilena, inevitablemente los que tienen mayor riesgo de morir son las personas de menos recursos, que no tienen la posibilidad de quedarse en la casa, ni menos acceder a una salud de calidad y oportuna si es que enferman.

“Hay una aberración desde el punto de vista de la ética social. Porque si esperas que la gente se vaya contagiando de a poco, van a haber fallecidos y esos fallecidos no se distribuyen de forma homogénea en la sociedad. Esta perspectiva darwinista corresponde a una noción ética que no podemos tolerar porque hay zonas de sacrificio por generar esta inmunidad natural”, dice Eduardo Bronstein, médico de la Pontificia Universidad Católica y especialista en Salud Pública.

Un sistema de salud estructuralmente desigual

En abril de este año, en medio de uno de los momentos más duros de la pandemia, Matías Goyenechea, presidente de la Fundación Creando Salud, presentó un análisis que dejaba al descubierto cómo la desigualdad mata: en comunas de la Región Metropolitana de bajos ingresos las personas mueren tres veces más que en las de mejor situación económica.

Esa cifra se dispara cuando se trata de adultos mayores: en San Ramón mueren por Covid hasta 12 veces más que en Vitacura.

Cifra similar a la dada a conocer un mes después en un estudio de la Universidad Católica en conjunto con investigadores de Oxford y Harvard.

Para Goyenechea, el problema es, por un lado, que el sistema de salud es profundamente desigual y tiene problemas de segmentación de la población de acuerdo a la capacidad de pago pero también del riesgo que significa esa persona para el sistema.

“El sistema no solo te clasifica porque tengas más o menos dinero sino que también cuál es tu riesgo de poder enfermar. Por ejemplo, una mujer en edad fértil va a ser discriminada por el riesgo y el costo que implica el quedar embarazada. O un niño más pequeño necesita cierto grado de cuidado que eso también implica un costo para el seguro privado que va a ser distinto”, señala.

Pero Goyenechea explica que el problema también es estructural, en donde por años el sistema privado se ha subsidiado de forma indirecta a través de las cotizaciones, las que son administradas por los seguros privados.

“No es poca plata, al 2018 era cerca de un punto del PIB y hoy debe ser un poco más. Estamos transfiriendo alrededor de 1.300 millones de dólares anuales al sector privado, el equivalente a cuatro hospitales públicos de alta complejidad al año”, afirma Goyenechea.

Esa cifra se suma a los 15.000 millones de dólares que desde 2005 se han transferido al sector privado a través de compras directas. “Desde los gobiernos de la Concertación en adelante, si bien se hizo un esfuerzo por generar inversión, construir nuevos hospitales, estos hospitales ya están chicos. El San José que se construyó en los ‘90 sabemos que colapsa todos los años. Entonces no ha habido un ritmo de inversión que sea acorde a esa necesidad”.

Para el doctor Bronstein, lo ocurrido en la pandemia, producto de esta lógica de aferrarse a la vacuna, sin trazabilidad y aislamiento eficaz, poniendo en riesgo la salud y vida de las personas, lo define como “un genocidio sanitario desde el punto de vista social”.

“Esa razón fría que tiene el burócrata que no logra darse cuenta que es parte de una maquinaria y que en el fondo está salvando el sistema desde el punto de vista económico, pero está dejando morir a nuestras personas más débiles en pro de que siga funcionando la sociedad, es una cosa terrible”, dice.

Este mensaje exitista y centrado solo en las cifras de fallecidos y recuperados, sin rostro ni contexto, ha generado que una parte importante de la sociedad normalice la muerte y se instale la idea de que hay que convivir con el virus, descartando otros caminos que pueden erradicar el virus.

“El manejo del gobierno y el país tiene como resultado miles de muertos y debe avergonzarnos, debe escandalizarnos. Sin embargo, no lo hace ni la ciudadanía de a pie, ni las autoridades de gobierno ni la oposición”, dice Ignacio De la Torre, presidente del Colegio Médico de Valparaíso.

Uno de los errores, según explica De la Torre, fue depositar todo en la inmunidad que podía entregar la vacuna, dejando postergadas las otras herramientas que complementan el manejo preventivo del Covid.

“La ciudadanía creyó, porque así se le comunicó, que cuando se alcanzaran volúmenes de vacunación, la sociedad iba a poder volver y retornar a la normalidad”, dice De la Torre.

Dejar a los servicios de urgencia y las unidades de paciente crítico como primera y casi única línea de contención de la pandemia, significó una enorme presión y responsabilidad que recayó en los trabajadores de la salud.

De la Torre explica que esto obligó a postergar una serie de atenciones de salud de otras enfermedades como el cáncer, las enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes, el hipotiroidismo, etc.

Pacientes recuperados: Los “heridos de guerra” de los que nadie habla

De ese colapso y presión sobre los sistemas de salud es algo de lo que el Ministerio de Salud no informa en profundidad y solo se limita a entregar el número de camas UCI disponibles. Sin embargo, la realidad en las unidades de paciente crítico supera todo buen pronóstico que se quiera instalar comunicacionalmente.

“Fue igual que una guerra, porque se empezó a reclutar gente no más, porque había pacientes que atender, había ciudadanos que necesitaban de la atención de nosotros y que el cuerpo sanitario diera abasto pese a las precariedades que viene arrastrando hace años”, dice André Saravia (28) Técnico en Enfermería de Nivel Superior (TENS) del Hospital las Higueras en Talcahuano.

“Yo he visto familias completas en la UCI, niños con Covid, jóvenes de 20 años hasta embarazadas de 8 meses muy graves”, afirma.

“Esas cosas no salen en la tele”, dice Saravia, como tampoco las situaciones de maltrato que ha vivido el personal de salud.

Pese a los años de experiencia que tiene en las unidades de paciente crítico, no es ajeno al dolor humano y lo que significa ver morir a una persona. De hecho, hubo un caso que lo marcó y que hasta hoy se emociona cuando lo recuerda.

“Era un cabro sano, de 20 años y fue empeorando día a día. Ingresó por otra causa y lamentablemente se contagió en el hospital. En el momento en que entró en crisis nosotros estábamos salvando a otro paciente por lo que tuve que correr a otra UCI a buscar un carro de paro para poder salvarlo. Tenía la edad de mi hermano, era hijo único, sus padres lo daban todo por él. Recordar el llanto de esa madre, el desgarro de esa alma, ese llanto que viene de lo más profundo de tu ser”.

Saravia deja al descubierto lo expuestos que están los trabajadores de la salud y las secuelas que la pandemia va a dejar en la sociedad durante años. Esto porque, además del shock que ha dejado en los trabajadores, donde estudios ya advierten que en el futuro tendrán síntomas similares a los que padecen los veteranos de guerra, él ahora está en la otra vereda, ya que en diciembre se contagió con Covid.

Según relata, llegó al hospital de Concepción donde el personal que lo atendió subestimó sus síntomas descartando que se tratara de una falla respiratoria.

“Finalmente me mandaron en una ambulancia básica a mi casa, como a las 3 de la mañana, yo aún con la dificultad respiratoria. Llegué al portón de mi casa y me puse a llorar porque no sabía qué hacer a esa hora. Desde Concepción a Talcahuano no me iba a ir caminando. Si iba a pie me moría a mitad de camino. En mi desesperación llamé por teléfono a un vecino, le expliqué la situación y si me podía llevar al Hospital de las Higueras”, relata.

“Te vas a cagar de frío atrás en el pickup me dijo y yo le pedí que solo manejara lo más rápido posible. Se puso una mascarilla, guantes y una parka. Me ingresaron a las 4 de la mañana. Él empatizó conmigo. Corrió el riesgo y él estaba consciente de eso”.

Saravia dice que producto de la falla respiratoria, desarrolló una neumonía y hoy tiene síndrome post Covid-19: disnea, anosmia, fatiga, cefalea. “Por fuera me veo como de 28 años, pero por dentro mis órganos están destrozados”.

“Voy a cumplir 10 meses en estas condiciones. Quién me va a devolver mi calidad de vida. Tengo 28 años, ni tengo la edad suficiente para jubilar. No tengo ni 30 años y parezco de 60”, dice.

Saravia acusa que fue desvinculado en medio de su ausencia por la enfermedad. Como una forma de visibilizar su situación y la de muchos trabajadores de la salud, publicó su caso a través de las redes sociales.

“No tenemos una cifra exacta de “heridos de guerra”, de secuelados en este caso por su estadía en las UCI, gente que debe aprender a caminar de nuevo, debe aprender a hablar, a respirar sin una traqueostomía, que es muy frecuente tener después de esto”, dice el doctor Juan Espinoza, jefe de Cirugía Cardíaca en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile.

“Da la impresión de que el paciente recuperado está en su casa y no. El recuperado está rehabilitándose. Habitualmente se están alimentando a través de una sonda. La pérdida de masa muscular o sarcopenia es increíble”, dice el profesional.

Una de las secuelas más severas es la fibrosis pulmonar que puede llegar a que la persona tenga que depender de un tanque de oxígeno. “Bruscamente te convertiste en un ex fumador de larga data o un paciente asmático de larga data”, dice Espinoza.

Variante Delta y una pandemia en “estado crónico”.

El proceso de vacunación en Chile se inició el 3 de febrero de 2021, la herramienta a la que el Minsal se aferró casi de forma exclusiva, pese a los constantes llamados del mundo científico y de salud que pedían una trazabilidad efectiva, cierre de fronteras y ayuda económica real.

Esto llevó a que el 30 de mayo el Colegio Médico se retirara de la Mesa Social Covid, debido a las “decisiones imprudentes tomadas en espacios sin actas ni expertos”, lo que devino en “un nuevo descontrol de la transmisión viral, impactando en vidas y secuelas de miles de personas”.

El exitoso proceso de vacunación que se estaba llevando a cabo en Chile fue destacado a nivel mundial, sin embargo, el número de fallecidos y contagiados seguía en alza, al punto de instalar la idea de la “paradoja chilena” frente al Covid.

Pese al esfuerzo y trabajo del Ministerio de Ciencias, con Andrés Couve y su equipo a la cabeza, que permitió tener vacunas en tiempo récord, la población seguía contagiándose, debido a que el Minsal hizo oídos sordos a la importancia de combinar la inoculación con las otras estrategias.

Un dato a considerar es que el 54% de las muertes por Covid han ocurrido solo durante el 2021, es decir, mientras el proceso de vacunación ya estaba en marcha.

Esas muertes, pese al exitoso trabajo de vacunación, se debe a la lógica de mitigación en una sociedad desigual y segregada en donde el desconfinamiento pone en riesgo al sector más vulnerable de la población.

La estrategia de mitigación adoptada por el Minsal ha seguido sin mayores variaciones hasta ahora, con anuncios de levantar cuarentenas de forma masiva, incluso ahora que existe confirmación de más de 130 casos con variante Delta, de los cuales el 20% corresponde a contagios comunitarios

Para el doctor Bronstein es algo incomprensible por la incertidumbre que genera la nueva variante. “Cómo es posible que estemos pensando en relajar las medidas para salir del país y no estemos pensando en proteger los territorios que ya han logrado superar el contagio”.

Chile ha sido uno de los pocos países que ha tenido el privilegio de “ver el futuro”, es decir, tomar la experiencia y evidencia de lo que ha ocurrido en Europa y adelantarse para tomar los resguardos correspondientes. Sin embargo, el Minsal ha mantenido la misma estrategia de mitigación durante los 18 meses de pandemia, a costa de miles muertes evitables.

“Bajo estos parámetros estamos tomando una decisión que no tiene una lógica sanitaria a no ser que se quiera tener control de la pandemia pero que no acabe. Eso es raro porque es como tener una enfermedad que sabes que se puede eliminar pero tú eliges mantenerla crónica”, dice Bronstein.

Fotos: Shutterstock/Flickr

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