“Drive my car”: una pieza maestra sobre el duelo y la soledad

Ya podemos ver en el Cine Arte Alameda -y pronto por el streaming de Mubi- una de las mejores películas de 2021. Ganadora en Cannes de tres premios, y nominada en cuatro categorías a los Oscar, incluida Mejor Película y Mejor Director, “Drive My Car”, de Ryusuke Hamaguchi, es una preciosa y solemne oda al duelo y la soledad.

Por: Ernesto Garratt

“Drive my Car”, de Ryusuke Hamaguchi y adaptada a partir de un relato corto del espectacular escritor japonés Haruki Murakami, es una experiencia telúrica. Un terremoto sensorial e intelectualmente vasto y envolvente que actúa como un pequeño y demoledor fin de mundo, un Apocalipsis personal para su protagonista: el director y actor teatral Yūsuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima).

Yūsuke Kafuku conduce un auto antiguo, rojo y muy bien conservado. Y entre sus idas y venidas entre la casa y sus lugares de ensayo, escucha vía casetes en los trayectos la voz de su amada esposa Oto (Reika Kirishima) recitando líneas de “Tío Vania”, de Chejov. Yūsuke Kafuku en el auto responde a los diálogos de su esposa justamente personificando al Tío Vania, el protagonista de la pieza de Chejov y este hombre ruso del siglo XIX que resiste a los cambios y que está anclado en una rutinaria y dolorosa soledad.

Con una sensibilidad mayúscula de parte del director Ryusuke Hamaguchi, podemos ver cómo el protagonista de “Drive My Car”, también está atrapado en su propia resistencia a los cambios y está anclado en una rutinaria y dolorosa soledad. Más allá de explicar los gravitantes pormenores de la historia que harán subrayar estas característica, con giros dramáticos inesperados, lo medular que podemos revelar es la estructura espejo de la película. Una solución hermosa donde la obra de Chejov, ensayada bajo la dirección de Yūsuke Kafuku en un festival de teatro en Hiroshima por actores de diversas procedencias, China, Corea, Japón (ya que se trata de un proyecto multilingual), va siendo una proyección del propio acontecer del protagonista.

“Drive My Car” usa justamente de una forma casi poética la necesidad de decir y abordar el centro de su propio afecto narrativo de varias maneras: fíjense, un director de teatro japonés aborda a un autor ruso y expresa en escena, como parte de su propuesta artística, dicho foco con actores que no poseen ni lengua ni nacionalidad en común: el elegido para representar al Tío Vania es un astro del audiovisual japonés y examante de la esposa de Yūsuke Kafuku. Otra actriz es china, no habla japonés solo mandarín e inglés y otra figurante, muda, solo habla lenguaje de señas coreano.

Cada uno habla su propia lengua, una Torre de Babel quizás confusa en un inicio pero que pronto toma una forma y orgánica única: traducir y hacer entender la trágica condición humana. De hecho, Yūsuke Kafuku dice que para él representar a Chejov es casi una acto de revelación final porque le muestra al actor su propia y verdadera esencia. Algo tan difícil de aceptar como necesario de cruzar.

Otra arista reveladora y fascinante de “Drive My Car”, y que da título a la cinta, es que buena parte de las revelaciones y mejores partes ocurren dentro del auto de Yūsuke Kafuku. Cuando debe viajar a Hiroshima a trabajar en el festival de teatro, le asignan -con su voto de protesta- a una joven conductora para que lo guíe por la ciudad y con quien va forjando una relación filial que crece y florece por zonas insospechadas.

Es justamente dentro del auto y dentro de este vínculo, quizás el único contacto con la realidad “real” y que no se relaciona a la meta-creación propiamente tal, donde ocurre el factor de crecimiento y de deslizamiento hacia el inevitable cambio y futuro que la historia del protagonista no se atreve abrazar. ¿La razón? El duelo y la soledad que lo ha mantenido congelado en su propia zona pausada en el tiempo y pasado.

Es verdad que “Drive My Car” dura casi tres horas, pero su tiempo dramático, pese a su lenta exposición, va rápido e intenso al interior de los personajes que intentan sobrevivir al inhóspito y cruel teatro de la vida. Una gran una pieza maestra del cine japonés sobre el duelo y la soledad (no importa el idioma en que se exprese). Bravo.

Fotos: Cine Arte Alameda/Mubi

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