Año 2011, la Fech, el PC y Boric: El camino de Camila Vallejo Dowling para convertirse en vocera de Gobierno

A partir del 11 de marzo será ministra Secretaría General de Gobierno. Pero también ha sido otras cosas: alumna, presidenta de la Federación de Estudiantes de la U. de Chile, “personaje del año” según The Guardian, diputada y adversaria política de Gabriel Boric en la universidad. Y continuará siendo otras cosas también: madre, feminista, geógrafa, militante del Partido Comunista y una referente de la generación chilena que creció sin los traumas de la dictadura. No hay una Camila Vallejo Dowling, sino muchas. En este artículo, repasamos la vertiginosa trayectoria de las tantas Camilas que han marcado la historia reciente de nuestro país. Y que, seguramente, junto a “sus compañeros de ruta”, la seguirá marcando.

Por: Miguel Fabia

Corría agosto de 2011 y una joven dirigente estudiantil, con sus ojos verdes al frente, luciendo una argolla plateada en la nariz y con su cabello un tanto ondulado al viento, caminaba por la Alameda en dirección a La Moneda con el objetivo de dejar en las afuera del Palacio cerca de 500 cartuchos de bombas lacrimógenas, las que habían sido disparadas por Carabineros durante la más reciente manifestación de estudiantes que ese año habían paralizado al país exigiendo educación gratuita y de calidad. 

Camila Vallejo Dowling no caminaba sola. Sus pasos siempre eran seguidos por otros estudiantes, y también por periodistas y fotógrafos que no le perdían la huella, que se mantenían atentos a cada jugada de la entonces presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech). No podía ser de otro modo: la joven de sólo 23 años había encabezado las protestas más masivas que se habían vivido en el país desde la dictadura militar de Augusto Pinochet. 

Ya afuera de La Moneda, rodeada de decenas de personas que contemplaban cada uno de sus movimientos, Camila dejó los cartuchos sobre la vereda y los ordenó de tal manera que al examinar el conjunto de esas municiones se apreciaba el símbolo de la “paz”. Luego tomó rosas blancas, se arrodilló y las depositó sobre los cartuchos; la postal se viralizó por todo el mundo. 

“Queremos hoy demostrar que puede existir paz en nuestro país y, por tanto, nos negamos rotundamente seguir pagando con nuestros impuestos, nuestra misma represión. Aquí hay más de 50 millones de pesos en costo en bombas lacrimógenas”, declaró Vallejo ante la prensa. 

20011, Camila Vallejo formando el símbolo de la “paz” afuera de La Moneda /
Fuente: somospaz.org

La estudiante de las Juventudes Comunistas no sabía por qué ese dinero, perteneciente a todos los chilenos, fue invertido en armamento y no así en educación. Lo que tampoco sospechaba era que 11 años más tarde ya no podría realizar intervenciones de ese tipo fuera de La Moneda, porque su lugar de trabajo estaría al interior de ella. 

“En el Ministerio Secretaría General de Gobierno, con vocerías que no me cabe ninguna duda serán impecables e implacables, le doy la bienvenida a otra compañera de ruta: Camila Vallejo Dowling”, fueron las palabras pronunciadas el pasado 21 de enero por el Presidente electo Gabriel Boric para proclamar a la otrora presidenta de la Fech como su vocera de Gobierno. “Fue dirigente estudiantil y referente para nosotros las feministas, y para quienes aspiran a una sociedad sin abusos”, agregó la reconocida actriz Paulina García, quien fue la maestra de ceremonia durante la presentación del gabinete. 

El agua bajo el río no ha pasado en vano: durante estos 11 años, Vallejo fue electa como diputada en dos ocasiones; se convirtió en madre; comenzó a usar lentes ópticos; se dibujó tatuajes en sus antebrazos; se enamoró de Abel Zicavo, uno de los líderes de la banda Moral Distraída; e incluso se liberó del experto en comunicaciones —asignado por el Partido Comunista cuando era dirigente estudiantil— que la seguía a todos lados para ayudarla a no flaquear en las entrevistas. Paradójico: porque ahora, justamente, será la encargada de comunicaciones, la portavoz del gobierno que encabezará su “compañero de ruta”. 

Por eso fue tan simbólica aquella fotografía del 21 de enero que Camila subió a sus redes sociales en la que aparece chocando su puño contra el de Gabriel Boric, mientras detrás de ambos, se ve a Giorgio Jackson observando ese saludo; en poco más de una década, los tres líderes del movimiento estudiantil saltaron de la calle a La Moneda. 

Eso sí, Camila Vallejo y Gabriel Boric no siempre tuvieron una buena relación. Pero antes de abordar ese punto, será necesario comenzar desde el principio. 

Primeros pasos de una nueva generación 

Reynaldo Vallejo y Mariela Dowling eran militantes comunistas. Él era actor de teatro; ella, cartógrafa. Para compensar la falta de dinero, ambos vendían empanadas para mantener su hogar en la comuna de Macúl. Y así, del amor de ambos, nació en 1988 la segunda de sus hijas: Camila Antonia Amaranta Vallejo Dowling. Le pusieron aquel primer nombre en honor a Camilo Cienfuegos, uno de los guerrilleros más emblemáticos de la Revolución Cubana. 

Camila llegó al mundo el mismo año que Chile dijo “No” a la continuidad de Augusto Pinochet en el poder. Sus bellos ojos verdes nunca vieron la sangre derramada por la dictadura militar. Y, por tanto, creció con la libertad de expresar sus pensamientos frente a las injusticias sin miedo a morir por ello, una suerte de la que no gozaron sus padres, quienes pertenecieron a una generación silenciada. 

“La generación que vivió a flor de piel ese periodo quedó traumatizada producto de esa represión. Y por esta razón, ya llegada la democracia, comenzó a reinar el individualismo y la idea de que es mejor no meterse en política, porque no siempre las cosas terminan bien”, diría décadas después. 

Camila nació en Maipú pero, luego se mudó junto a su familia a La Florida. Sus padres la inscribieron en el Colegio Raimapu de la misma comuna, un establecimiento fundado en 1982 por profesores y apoderados opositores a Pinochet, quienes buscaban crear un espacio educacional ajeno a los valores del lucro impuestos por el régimen militar, una aspiración que años más tarde encarnaría la joven. 

Ya en 2006, Vallejo ingresó a la Universidad de Chile a estudiar geografía, un año que estuvo teñido por la furia de la Revolución Pingüina. Se trató de un torrente de estudiantes de la enseñanza media que frenó de golpe el año escolar y se volcó a las calles de todo el país con un objetivo claro: abolir el sistema educacional heredado por la dictadura. Tristemente, los pingüinos —denominados así por los tradicionales uniformes escolares negro y blanco— no lograron aquel propósito; sus demandas no fueron cumplidas y, por tanto, continuó operando el mercado de la educación. Pero el malestar estuvo lejos de extinguirse, tanto así que los hechos ocurridos en 2006 serían el antecedente directo del movimiento estudiantil del 2011, y también del estallido social del 2019. 

Eso sí, la carrera política de Camila Vallejo comenzó a cimentarse desde antes: el 2007, con 19 años, se incorporó a las filas de las Juventudes Comunistas. De ahí en más no dejó de encumbrarse: el 2008 resultó electa como consejera de la Fech y también vicepresidenta del Centro de Estudiantes de Geografía. Dos años más tarde llegaría el año de la consagración: el 2010 se alzó como flamante presidenta de la Fech, representando a la lista E del “Colectivo Estudiantes de Izquierda”. Se trató de un triunfo histórico: tras 104 años de la Fech, Camila Vallejo se convirtió en la segunda mujer en aterrizar en el cargo estudiantil más importante de la Universidad de Chile. 

“Soy la segunda mujer Presidenta de la Fech y aprovecho de recordarle a nuestro Rector (Víctor Pérez Vera) que va a tener el privilegio de ser el segundo Rector en la historia de la Universidad en estar acompañado de una mujer en la Federación de Estudiantes”, declaró Camila entre risas, en lo que fue su primer discurso como presidenta de la mesa directiva.

Pero de la risa pasó a lo serio y aprovechó aquella instancia para lanzar una crítica al rol secundario que históricamente ha tenido la mujer en nuestro país: “En Chile nos decimos un país desarrollado, sin embargo, detrás de la cortina del progreso económico se esconde una historia de discriminación y sexismo que perdura hasta nuestros días”. El feminismo sería la brújula indispensable que trazaría la ruta política de Camila Vallejo.

Mientras ella asumía el cargo, quien lo dejaba era el cubano Julio Sarmiento. El estudiante de medicina también integraba las Juventudes Comunistas. Y así, por aquellos pasillos color rojo–proletario, ambos jóvenes se cruzaron y no volvieron a separarse por mucho tiempo. Entre ellos surgió el amor y, de hecho, Julio sería uno de los pilares emocionales de Camila en pleno auge del movimiento estudiantil. Años más tarde, en 2013, los jóvenes comunistas se transformarían en padres de Adela.

Cuando el malestar estudiantil estalló, y el fenómeno de Camila también 

El conflicto entre los estudiantes y gran parte de la clase política respecto a la educación remite a una cuestión de significados: mientras que para los primeros “educación” es equivalente a “derecho”, para los segundos es igual a “mercancía”. Este último sentido se enmarca de forma armónica en un contexto neoliberal como el que impera en Chile. En el fondo, durante esos meses del 2011, estudiantes y políticos hablaban idiomas diferentes. 

“Requerimos, sin duda, en esta sociedad moderna una mucho mayor interconexión entre el mundo de la educación y el mundo de la empresa, porque la educación cumple un doble propósito: es un bien de consumo”, afirmaba en julio de ese año el entonces Presidente Sebastián Piñera. 

Pero la revolución universitaria comenzó meses antes. En abril, a la salida de una reunión de la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech), una desconocida joven llamada Camila Vallejo se acercó a la prensa y anunció oficialmente el inicio de las manifestaciones.

“Hay tres ejes fundamentales; democratización, asegurar en términos constitucionales el derecho a la participación; mayor financiamiento del gasto público; y una reestructuración del sistema de becas estudiantiles que hoy es insuficiente, es una miseria y no responde a las necesidades de los estudiantes”, declaró, dando cuenta de las demandas de la Confech que impulsaban las protestas. 

De ahí en más, Camila se transformó en el rostro principal del movimiento universitario. Los medios de comunicación posaban su mirada en ella, quien cada vez que tenía un micrófono en frente, no dudaba en avergonzar a la clase política —particularmente a la entonces Concertación— al enrostrarles que desde el retorno a la democracia no habían hecho más que administrar y profundizar el legado de Pinochet que avalaba el lucro en la educación. 

Si bien fueron las universidades públicas y algunas privadas las que dieron origen al movimiento, semanas más tarde no tardaron en sumarse profesores, estudiantes secundarios e incluso apoderados, todos ellos unidos por una causa común: reducir la grosera desigualdad socioeconómica del país. ¿Cómo? Por medio de educación gratuita y de calidad para todos y no sólo para los privilegiados que tuvieran una billetera más gorda. 

“Reafirmamos la cohesión de este movimiento social amplio, transversal, que hoy día tiene clarita la película: queremos avanzar a un sistema nacional de educación pública, democrático, pluralista, de calidad para todos los chilenos”, declaró en julio la presidenta de la Fech tras una marcha por el centro de Santiago a la que asistieron más de 100 mil personas. 

A propósito de lo anterior: el descontento no sólo se expresó por medio de huelgas y toma de establecimientos. Los estudiantes también apelaron a la creatividad, como cuando danzaron al ritmo de “Thriller” en las afueras de La Moneda para simbolizar el estado moribundo de la educación pública mientras todo el país se mantenía como zombie. O también cuando se produjo la curiosa “besatón” en la que cientos de parejas se besaron por 1.800 segundos (30 minutos) haciendo alusión a los 1.800 millones de dólares que supuestamente costaría perfeccionar el sistema educativo del Estado.

Ni siquiera el clima logró abatir al movimiento. En agosto del 2011, una lluvia torrencial cayó desde el cielo capitalino. Lejos de ser un impedimento para la convocatoria que estaba programada ese día, el aguacero se transformó en un estímulo para abrir paraguas y caminar con más esperanzas por Santiago en pos de una educación digna. En suma, la lluvía empapó de épica al movimiento. Aquel hecho fue bautizado como la “Marcha de los Paraguas”. 

Todas estas intervenciones lograron que las demandas estudiantiles conquistaran la adhesión popular. Camila Vallejo era la figura que despertaba mayor admiración, y no sólo por su inteligencia a la hora de emplazar al poder político; sino también por su belleza tallada sobre un rostro de delicadas facciones, un rostro serio e inescrutable que observa el mundo con ojos color verde esmeralda. “Tengamos un hijo” y “acéptame en Facebook” eran parte de las peticiones que recibía Camila por parte de sus enamorados cuando marchaba por la Alameda. El escritor estadounidense Francisco Goldaman la definió como una “belleza de Botticelli”. Mientras que Alex Kapranos, el vocalista de la banda escocesa Franz Ferdinad, le declaró su amor por Twitter: “Camila Vallejo. Estoy enamorado”. Por si todo esto fuera poco, un hombre de Valparaíso se tatuó el rostro de la joven en su brazo: “Cualquiera se podría enamorar de ella”, dijo. 

Camila había demostrado ser mucho más que una cara bonita; pero no faltaba quienes atribuían el éxito del movimiento a las virtudes estéticas de la estudiante. “Al principio, a mí no me gustaba mucho que la prensa se quedara en eso, porque sentí que la podían utilizar para superficializar la discusión. Hacerla a ella ícono de algo que estaba vacío. Pero creo que ha sido capaz de distanciar las cuestiones muy bien”, afirmaba Giorgio Jackson, el otro referente del movimiento en su calidad de presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica. De hecho, la fascinación por los líderes universitarios llegó a tal punto que algunos comenzaron a fantasear entre un supuesto romance entre ambos. “Estamos todo el día juntos. Pero ella tiene su novio y yo tengo la mía”, aclaraba Jackson. Este rumor le ocasionó más de una discusión con su polola. 

En la vereda de enfrente, en tanto, el gobierno de Sebastián Piñera se desmoronaba. De hecho, como medida de emergencia, el Mandatario decidió sacrificar al entonces ministro de Educación, Joaquín Lavín. Pero nada de eso evitó que siguiera cayendo en las encuestas: en septiembre de 2011, Piñera alcanzó apenas un 22% de aprobación —según la encuesta Cerc de ese mes—, la cifra más baja que había registrado un gobernante desde 1990. La otra cara de la moneda indicaba que un 89% de los chilenos respaldaba el movimiento estudiantil. 

Vallejo vs. Boric / La comunista vs. El independiente 

Aquel histórico año 2011 llegaba a su fin y la mesa directiva de la Fech tenía nuevas elecciones. La candidata más fuerte era, sin duda, Camila Vallejo, quien a esa altura ya se alzaba como la joven con mayor proyección política del Partido Comunista.  Sin embargo, fue justamente esa militancia partidista su principal escollo durante aquellos comicios. El encargado de dinamitar ese flanco fue un joven estudiante de derecho llamado Gabriel Boric. 

“Ustedes (PC) han ofrecido un nuevo pacto de gobernabilidad a la Concertación”, le reprochaba el magallánico a Camila en los debates presenciados por cientos de alumnos de la Casa de Estudios. Horas más tarde, Boric confesaba ante la prensa que “la pelea nosotros la entendemos no solamente con la figura de Camila, sino con el Partido Comunista, en general”. En efecto, el entonces representante de la lista “Creando Izquierda” consideraba que el PC había cometido una especie de traición al movimiento estudiantil al intentar formar una alianza junto a la Concertación, es decir, aquella colectividad que gobernó por 20 años el país y que mantuvo intacto el modelo educativo que decretó el régimen militar. A diferencia de la militante del PC, Boric le proponía a los estudiantes una mesa directiva independiente, ajena a los intereses de los partidos políticos que por dos décadas habían hecho la vista gorda ante el clamor ciudadano.  

“El PC tiene una tesis a nivel nacional que es de hacer alianzas de carácter político con la Concertación, cosa que nosotros no compartimos, y creemos que hoy día lo que se necesita es crear actores políticos nuevos, que den cuenta del malestar que hay en las calles, y de la gente que no confía ni en la Concertación ni en la Alianza por Chile. Esa es nuestra apuesta”, afirmaba el egresado de derecho. (¿Qué pensaría aquel Boric del 2011 respecto al Boric actual que eligió un gabinete integrado por un número importante de figuras de la Concertación?) 

Las declaraciones desataron la furia de la secretaría general de las Juventudes Comunistas, Kariol Cariola, quien calificó a Boric de “un muchacho que se cree de izquierda y que plantea que el enemigo es el PC, no sabe dónde está parado, mucho menos podrá ser presidente”.

Lo cierto es que el discurso de Boric canalizó el miedo estudiantil a que el movimiento se contaminara de los políticos de siempre y que, por tanto, perdiera fuerza y vitalidad hasta desaparecer, tal como le sucedió a los pingüinos en 2006. Así, la madrugada del 7 de diciembre del 2011 se conocieron los resultados de las elecciones realizadas en la sede de la Fech: Gabriel Boric alcanzó los 4.053 votos, superando así a Camila Vallejo, quien sólo obtuvo 3.864. Al menos, aquel resultado le permitió a la estudiante de geografía hacerse de la vicepresidencia de la Fech. 

Ambos tenían la misión de guiar el destino del movimiento. Sin embargo, su relación sólo pareció empeorar. La Navidad de aquel 2011 estaba cerca, y Camila Vallejo afirmó que le regalaría a Boric “un poquito más de humildad. Creo que partió un poco soberbio. Hay que sacarse un poco la soberbia para llegar más a la gente. Está bien ser más agudo, pero también la gente espera en los dirigentes mayor humildad y cercanía”. 

La derrota de Camila Vallejo estuvo lejos de restarle popularidad. Los medios internacionales así lo graficaron: a fines del 2011 los lectores del periódico inglés The Guardian la eligieron como “personaje del año”. A su vez, Amnistía Internacional la reconoció como la “Líder Estudiantil Mundial en la Defensa de los Derechos Humanos 2011”. 

Aire fresco al interior del PC

En 2012, la generación de dirigentes estudiantiles decidió dejar las calles para dar la pelea desde el interior del Congreso Nacional. Al año siguiente, gracias a la fama que cosecharon durante las manifestaciones, Camila Vallejo, Karol Cariola, Giorgio Jackson y Gabriel Boric arrasaron en las elecciones parlamentarias. Pero a diferencia de los dos últimos, que ingresaron a la Cámara Baja como independientes, las dos mujeres fueron fieles al gremio que las formó en la política: el Partido Comunista. 

Esta irrupción en las filas comunistas significó una modernización de las bases de un bloque que muchas veces permanece aferrado a ideas del siglo XX. De la mano de Camila Vallejo y otros nuevos líderes, como la alcaldesa de Santiago, Iarací Hassler, y la constituyente Bárbara Sepúlveda, el PC incorporó perspectivas y demandas propias de este siglo: el feminismo, la igualdad de género y la protección por el medioambiente, entre otras. 

Pero este proceso no ha estado exento de polémicas, pues inevitablemente toda colisión entre generaciones genera chispas. ¿El motivo? La condena inequívoca a las violaciones a derechos humanos tanto en Latinoamérica como en otros regímenes del mundo. 

Desde muy temprano, Camila se desmarcó de su coalición en esta materia: en 2011, el PC envió una carta de condolencias a Corea del Norte por la muerte de su líder Kim Jong-il, padre de Kim Jong Un. “Yo creo que fue un error (…) Efectivamente hay una autocrítica que hacerse ahí. Yo no creo que haya sido oportuno, creo que no correspondía”, aseguró la ex líder de la Fech. 

Otro hecho similar ocurrió en 2019, cuando la geógrafa se refirió al informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, que acreditaba violaciones a los derechos fundamentales por parte de agentes del Estado en Venezuela. 

“Lo dije antes y lo reafirmo: los informes de la ONU sobre Venezuela han sido lapidarios. Las violaciones a los DD.HH. son intolerables y no pueden quedar impunes ni en Venezuela ni en Chile”, declaró la diputada a través de su cuenta de Twitter.

Una reacción diferente tuvo la mesa directiva de su colectividad. Por medio de un comunicado, el partido comandado por Guillermo Teillier arremetió contra la investigación encabezada por la ex Mandataria, considerando “necesario que se aclare lo que pudiera entenderse como incongruencias, contradicciones, presunciones infundadas y generalizaciones, que significan la falta de imparcialidad en el informe”.

El episodio más reciente ocurrió en noviembre pasado, cuando el PC firmó una carta respaldando la polémica victoria de Daniel Ortega en las elecciones presidenciales de Nicaragua, la cual fue juzgada ampliamente por la comunidad internacional debido a que siete aspirantes de la oposición fueron encarcelados. La Organización de los Estados Americanos (OEA), por ejemplo, afirmó que dichos comicios “no tienen legitimidad democrática”.

Ante el apoyo del PC, Camila Vallejo salió al paso y negó que esa carta haya sido consensuada por la dirección de la colectividad.

“Esta declaración no fue discutida ni resuelta por la dirección colectiva del partido. Condenamos las violaciones a los DDHH en Nicaragua, Chile y cualquier parte del mundo”, sentenció la militante de 33 años. El hecho dejó en evidencia, una vez más, la ruptura generacional entre los peces gordos nostálgicos de Lenin y la nueva juventud comunista. 

Sea como sea, todo indica que el recambio es inminente y que las ideas de los nuevos liderazgos están cuajando en las raíces del partido. Prueba de ello fue la elección de los 96 miembros del comité central del PC realizada a fines del 2020 en la que participaron 6.108 militantes. En aquella instancia, Camila Vallejo fue la más votada, superando por más de mil sufragios al timonel de la tienda, Guillermo Teillier. Otro dato revelador: de las primeras 48 preferencias, 38 son mujeres. 

“Ok, cuenta conmigo”

Cuando asumió como diputada en 2013, Camila Vallejo prometió que sólo estaría un máximo de dos periodos en el Congreso. Esa promesa la ratificó en agosto del año pasado. Y tras la derrota de su abanderado Daniel Jadue en las primarias de Apruebo Dignidad, había decidido cursar un magíster.

“Quería levantarme. Para ampliar mi espacio de formación política y profesional, y quizás claro, pasar de una primera línea a una segunda línea política”, confesó a El Mercurio. 

Pero todo cambió con el llamado telefónico del ganador de aquellas primarias: su compañero de ruta, Gabriel Boric. “El triunfo fue tan mayoritario, y entonces dije ‘bueno, hay que estar disponible para la tarea necesaria’. Y cuando el Presidente me lo solicitó le respondió: ‘Ok, cuenta conmigo’”. 

Atrás, bien atrás quedaron las rencillas del 2011. A fin de cuentas, la propia Camila Vallejo, semanas antes de enfrentar a Boric en las elecciones de la Fech, aclaró que, pese a las diferencias, ambos comparten “el mismo horizonte”. 

A partir del 11 de marzo, aquel horizonte de una sociedad más equitativa y con más derechos sociales estará en las manos de Camila Vallejo, Gabriel Boric y Giorgio Jackson, referentes de esa generación valiente que no heredó el miedo patológico que causaron los horrores de la dictadura en nuestra sociedad. 

Tal como señaló la joven Camila en 2012: “Nuestra generación no tiene temor. Y por eso, a diferencia de nuestros padres, no nos cuesta denunciar que en Chile hay abuso, represión, que los empresarios están robando y que los políticos muchas veces son unos sinvergüenzas”.

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