Patricio Fernández y la Convención: “Los que más cercos le ponen a la libertad de expresión parecen provenir de la izquierda”

Escritor, fundador y exdirector de The Clinic, y ahora uno de los 154 miembros del órgano encargado de redactar la propuesta de una nueva Constitución. En conversación con LaRed.cl, Patricio Fernández Chadwick reconoce que la derecha no ha sido incorporada en las negociaciones al interior del ex Congreso. “Efectivamente, aquí se ve mucho rencor. El gran ejercicio constituyente es ver cómo superar esos rencores”.

Por: Miguel Fabia B.

“Si querís agua, saca tú no más”, dice Patricio Fernández, apuntando a la cocina, mientras vuelve a paso apresurado al computador para retomar su sesión telemática en Derechos Fundamentales. 

“Espérame unos minutos, estamos por terminar”, añade, sin despegar los ojos de la pantalla. El convencional del Colectivo Socialista aprieta teclas, revuelve papeles, se rasca la cabeza y susurra para sus adentros. A su costado se aprecia una jarra de café y alrededor de la mesa del comedor –la que ocupa como escritorio– hay un montón de libros esparcidos.  

Minutos más tarde, nace desde el PC el sonido de una campana y luego asoma la voz de César Valenzuela, el coordinador de la Comisión, quien anuncia el término de la votación y da inicio al receso.

Patricio Fernández suspira.

“Solo piensa que en los últimos días en Derechos Fundamentales, que es donde yo estoy, hemos terminado entre las 12:00 de la noche, 1:00 de la mañana e incluso a las 3:00 de la mañana”, explica, dándole sentido al suspiro que antecedió a estas palabras. “Ahora también sesionamos los sábados”.  

–Usted ha dicho en más de una ocasión que existe cansancio entre los convencionales, poca concentración y poca calma para decidir sobre normas que, sin embargo, son fundamentales para el futuro de Chile. 

–En la Comisión de Derechos Fundamentales estamos votando esta semana cerca de 800 indicaciones. De manera tal que queda muy poco tiempo para reflexionar y para saber lo que está pasando en las otras comisiones. Muchos se enteran por la prensa… si es que se enteran. Por tanto, es posible que haya gente en el exterior que sepa más sobre algunos ámbitos de la Convención que quienes estamos dentro. Entonces, para conversar entre los colectivos, y además tener la mente fresca, se necesitan espacios de tiempo. Y fue por eso que propuse al pleno establecer un espacio de reflexión de 2 o 3 días, que serviría también para que descansen nuestros asesores y el personal que trabaja en el ex Congreso, quienes están exhaustos. Sería importante darnos un tiempo para salir de la avalancha y mirar con mayor perspectiva aquello tan delicado que estamos construyendo. 

–Cuando presentó esa propuesta ante el pleno usted dijo que quienes trabajan en la Convención “se están viendo exigidos más allá de lo prudente”. ¿Y no sería más “prudente” extender el plazo del proceso para dar espacio a los análisis y consensos rigurosos?

–Es que antes de llegar a ese escenario, yo sugiero hacer una pausa reflexiva. Digo esto porque en los espacios de calma se toman decisiones que incluso permiten ganar tiempo. A todos nos ha pasado que estamos trabajando hasta altas horas de las noches intentando mantenernos en pie, pero luego decidimos dormir y retomar al día siguiente. Luego despertamos con la cabeza despejada y lo que nos habría tomado horas resolver en una noche de hastío, lo resolvemos en poco rato. Yo dejaría pendiente el tema de la extensión del plazo. Es posible que en un espacio de reflexión nos demos cuenta de que inevitablemente lo vamos a necesitar. Pero también es posible que descubramos maneras de destrabar las jornadas de trabajo para hacerlas más eficaces. 

–¿La extensión del plazo es la última opción? 

–Es la última opción. Y creo que valdrá la pena pensarla una vez que tengamos un producto consolidado que podamos mostrar como avance ante la ciudadanía. 

–Hablemos de la derecha. ¿El concepto “derecha” es considerado un insulto entre los convencionales de izquierda? ¿Se percibe como un término peyorativo? 

–En la Convención hay diferentes representaciones: 104 de los 154 convencionales somos independientes. Muchos de ellos salieron de agrupaciones que se formaron durante el estallido social. Otros pertenecen a movimientos que tienen causas particulares. El mundo indígena, por ejemplo, proviene de una experiencia de sumisión y marginación. Entonces, hay grupos que llegaron a la Convención con cargas pesadas. Y ellos focalizan buena parte de sus heridas en el mundo de la derecha. Aquí hay descendientes y personas que vivieron directamente las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. Por lo tanto, hay un rencor. Y efectivamente ha habido una gran dificultad para establecer diálogos con la derecha. Espero que eso pase y dé lugar a una conversación capaz de construir futuro. 

¿Esos grupos heridos ven en la Convención una oportunidad de tomarse una suerte de revancha histórica con la derecha?

Algo de eso hay. Naturalmente, quien llega a un lugar con un moretón culpando a alguien en particular, está picado. Efectivamente, aquí se ve mucho rencor. El gran ejercicio constituyente es ver cómo superar esos rencores. 

–Y hasta ahora, ¿cómo ha visto ese ejercicio? 

–Hasta ahora ha sido difícil. 

–Su par del Colectivo Socialista, Andrés Cruz, afirmó que la derecha ha sido vetada del debate. 

–Se han generado espacios a los que a ellos no se les ha invitado; sí, eso es verdad. Lo más deseable sería que esos espacios se vayan abriendo.

–¿Entonces los convencionales de izquierda han tenido un comportamiento hermético? 

–Lo que sí ha habido hasta acá son grupos a los que les cuesta abrirse a todos los miembros presentes en la Convención. No sé si eso se llama hermetismo. Pero de que hay negociaciones entre mundos que no incorporan a la derecha, eso sí es verdad. 

–Fue a raíz de ello que la ensayista Adriana Valdés, una de las firmantes de una reciente carta enviada a la Convención, citó en sus redes sociales al escritor Miguel de Unamuno: “Venceréis, pero no convenceréis”.

–Estoy completamente de acuerdo con eso. Yo soy partidario de conversaciones muy amplias. Y entiendo además que en la Convención hay gente de derecha que tiene mucho que aportar. Soy enemigo de la idea de aplastar a la minoría. Como buen demócrata, soy partidario de que las mayorías respeten a las minorías. Tampoco quiero comparar al que vive una vida marginal y hambrienta con alguien de derecha que mantiene poderes económicos y sociales. Pero hoy en la Convención son minoría. Y como toda minoría merecen ser escuchados. 

–Podríamos decir, de forma paradójica, que parte de la izquierda se ha convertido justamente en aquello que tanto despreciaba de la derecha. 

–Hay un caso que me ha llamado la atención de manera muy preocupante. Quienes peleamos en contra de la dictadura pinochetista y su herencia sabemos que una de nuestras grandes causas fue la libertad de expresión, para que ninguna voz fuese clausurada. Y de pronto uno empieza a ver el curioso fenómeno de que los que más cercos le ponen a la libertad de expresión parecen provenir de la izquierda. Incluso he tenido la experiencia de haber sido acusado con el epíteto de “fascista” por decir que todos tienen derecho a manifestarse. Y me dicen: “¿incluso El Mercurio con las cosas que dice?”. Y la respuesta natural de uno es: “por supuesto que sí, de eso se trata”. La libertad de expresión no consiste en escuchar lo que a uno le gusta; consiste en la posibilidad de que aquella persona que a uno le carga pueda hablar en el espacio público, de que se puedan decir opiniones que nos resultan indigeribles. Por eso yo me opongo fuertemente a abrir cualquier posibilidad de “negacionismo”. Ahí tienes un ejemplo de cómo en la historia se vuelcan los lugares desde los que vienen ciertas demandas. 

–Usted en 2018 escribió una editorial en The Clinic a favor de los amarillos, señalando que son aquellos que aceptan que no son dueños de la verdad y que, por ello, valoran la diversidad de opiniones. ¿Piensa que faltan posturas amarillas en la Convención? 

–“Amarillo” era ese epíteto con el que se atacaba cierta apertura antisectarista. Hoy se fundó otro grupo de amarillos, pero me resulta muy distinto de lo que yo estaba defendiendo entonces. Creo que esos amarillos tienen una forma política–conservadora. Representan un espacio muy temeroso y reaccionario. Es como una reunión de personajes que provienen del antiguo régimen y que ven con temor el porvenir. 

–¿Son conversadores disfrazados de amarillos? 

–Creo que se llevaron el nombre “amarillo” para englobar una manera muy especifica de ver la realidad, cuando el concepto con el que yo usaba “amarillo” permite habitar en diversos lugares políticos. Es una manera de llevar adelante tus propias ideas en diálogo, con curiosidad y apertura hacia las demás; es básicamente eso. Ahora bien, ¿en la Convención ha faltado ese espíritu? Yo creo que sí. ¿Ha crecido? Yo creo que también. ¿Lo necesitamos más todavía? Ciertamente que sí. 

–Vamos al sistema legislativo. ¿Está de acuerdo con eliminar el Senado y reemplazarlo por un Consejo Territorial, el cual tendría mínimas atribuciones legislativas y sólo se ocuparía de temas que afecten a las regiones? 

–Primero: me gusta más el nombre Cámara Territorial. Creo que genera una transformación más comprensible. Segundo: está es una discusión que no está terminada. Creo que las atribuciones de esa Cámara Territorial todavía no están consignadas. Es posible que aumenten. De momento, es un dibujo básico que ha sido aprobado por un mundo bastante amplio. La idea del “bicameralismo espejo” o “simétrico” que actualmente tenemos, es algo que hace rato se empezó a descartar. Esta representación territorial es coherente con la descentralización. Pero yo todavía mantendría reserva sobre en qué va a terminar. 

–El Senado actual es de las instituciones que menos confianza genera en la ciudadanía. Se suele decir que es muy “elitista”. ¿Esa desconfianza es la principal razón para reemplazar tanto su nombre como sus atribuciones? 

–Es una de las fuerzas que mueve esta transformación. Pero creo que hay otra que no se ha comentado. El Senado se manifestó muy distante de la Convención durante sus primeros meses de funcionamiento. No prestaban salas y todo acontecía en la ex Cámara de Diputados. Y de pronto empezamos a pasar a ese otro lado a través de los pasillos internos del Palacio y nos encontramos con todo ese mundo señorial, exclusivo, con grandes oficinas que tenían afuera placas de bronce con el nombre de los senadores. Se sentía ese aire elitista, y eso entró por los poros. Ahora bien, esto no justifica en lo más mínimo el cómo vamos a tejer el sistema político. 

–¿Qué piensa de las amenazas de boicot de algunos senadores del Partido Socialista contra Gabriel Boric en caso de que la Convención elimine la Cámara Alta? 

–Que asome el Senado protegiéndose a sí mismo como un club cuyos integrantes tienen el interés de aferrarse a un lugar, es algo que huele horrible. Dicho eso, hay un tema interesante que se abre, que tiene que ver con el rol que debería jugar el gobierno entrante en el proceso constituyente. No en el sentido de intervenirlo, pero también es difícil imaginar que un gobierno no provea insumos, opiniones, conocimientos de Estado y preocupaciones sobre este proceso.  

–¿Las palabras del PS no podrían ser consideradas una preocupación? ¿O usted preferiría que se mantuvieran al margen? 

–Yo no pertenezco a esa línea que cree que nadie nos puede decir nada sólo porque somos un órgano constituyente y que, por ello, el resto de las instituciones debe mantener distancia y silencio. Yo quiero que todo el mundo hable lo más posible y que la frontera entre el interior y el exterior del ex Congreso se disuelva. A mí sí me interesa lo que dice la opinión pública, los académicos, los poderes involucrados. Ahora bien, el que me interese no significa que les vaya a obedecer. Pero sí me parece muy importante que la Convención conozca las opiniones de todos esos mundos. 

–Muchas de esas opiniones son datos técnicos. ¿Considera que en esta etapa del proceso se están valorando más esos conocimientos? En principio parecían imponerse los impulsos más pasionales. 

–Sí, porque llegamos al momento de la verdad. Todos los que estamos ahí hemos ido aprendiendo sobre las diversas materias que tratamos. Hemos aprendido en las audiencias, en nuestros estudios particulares, con los asesores. Hemos aprendido, lentamente, que es mejor menos palabras que más. Que las normas constitucionales deben acercarse a los principios y no al desarrollo de un código. Ahora bien, cuando digo que hemos aprendido, no digo que hayamos terminado de hacerlo. 

–Última pregunta. Usted fue uno de los primeros en intentar limpiar el concepto tan vilipendiado de lo “amarillo”. Gabriel Boric… ¿es un amarillo? 

–Yo lo considero una persona abierta, curiosa, que vive ensalzando el valor de la duda a través de citas de Albert Camus. Lo considero respetuoso de las instituciones. Lo vi el día de la elección saludando a sus contrincantes vencidos y al presidente saliente. Creo que estamos ante un demócrata no dogmático, que no forma parte de las mentalidades sectarias, y que entiende que la izquierda futura debe buscar nuevos caminos acogiendo diversas maneras de pensar. No sé cómo se le llama a eso.

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